Seis elementos de la expiación de Jesucristo – parte III

Este es el tercer artículo que he escrito aquí en Radio Kolob sobre el gran sacrificio eterno que realizó nuestro Salvador Jesucristo por todos nosotros. Los invito a leer el primero y el segundo antes de leer el resto de este.

Me acuerdo de tener una conversación muy filosófica con un amigo, cuando los dos éramos jóvenes. Mi amigo hizo la observación de que la luz siempre puede reemplazar la oscuridad pero que la oscuridad no puede nunca imponerse a la luz. Solo reemplaza la luz cuando la luz se retira por sí sola. Una observación bastante profunda para un muchacho de quince años ¿no es cierto?

Mi amigo prosiguió a hacer una metáfora entre la rectitud y la maldad—ya que estas a menudo se comparan con la luz y la oscuridad respectivamente. Jesucristo siempre puede ayudarnos, siempre puede salvarnos de nuestros pecados. Si nos acercamos a Él, Satanás no puede hacer nada. No puede hacer nada a menos que decidamos alejarnos de la fuente de toda rectitud. Entonces, como la oscuridad que aparece al final del crepúsculo, Satanás y sus secuaces nos envuelven con sus susurros confusos, contenciosos y deprimentes.

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Como parte de la ordenanza expiatoria de los judíos antiguos, los sacerdotes levitas se echaban gotitas de sangre en sus vestimentas rituales (Levítico 8:30). Esta parte de la ordenanza tiene más contexto cuando se relaciona con las palabras del Mesías en Doctrina y Convenios 76:107cuando entregue el reino y lo presente sin mancha al Padre, diciendo: He vencido y pisado, yo solo, el lagar, sí, el lagar del furor de la ira del Dios Omnipotente. Antiguamente, las uvas se pisaban como parte de la preparación del vino. Las salpicadas del jugo tinto—el cual tiene un color de rojo oscuro—en la ropa de las personas que pisaban las uvas se ven muy parecidas a las salpicadas de sangre en las vestimentas que los sacerdotes llevaban durante la ordenanza expiatoria. No creo que esto sea casualidad.

Cuando Jesucristo habla de pisar el lagar del furor de la ira del Dios Omnipotente, se refiere a Su sacrificio eterno—cuando pagó el precio del pecado. Cuando leemos bien las escrituras, vemos que Él dice que pisó el lagar solo, es decir, fue Él y solamente Él que pagó el precio de los pecados. No hubo nadie más que haya pagado ni siquiera un porcentaje mínimo del precio de este sacrificio.

Hay, sin embargo, muchas personas—especialmente dentro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días—que dicen que cuando guardamos los mandamientos de Dios, nosotros pagamos parte del precio de nuestros pecados. Se refieren a escrituras como 2 Nefi 25:23, …pues sabemos que es por la gracia por la que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos. Santiago, el hermano de Jesucristo, también escribió sobre la importancia de los hechos, acciones que comprueban nuestra fe.

No quiero, ni siquiera por un instante, contradecir a Nefi ni a Santiago. Simplemente creo que, a veces, no interpretamos bien sus palabras. Creo firmemente que es Jesucristo, y nadie más, que nos salva de nosotros mismos. No hay ninguna escritura, ni revelación, que diga que a nosotros nos corresponde tomar un turno pisando el lagar con Él. También tengo un testimonio muy firme sobre la importancia de los mandamientos. ¿Cómo podemos reconciliar estas dos ideas que muchas veces se presentan como contradictorias?

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El hermano Brad Wilcox ha escrito mucho sobre el tema de la gracia de Jesucristo. En este artículo el Hno. Wilcox cuenta la parábola de las lecciones de música. Una mamá quería que su hija aprendiera a tocar el piano y, por lo tanto, contrató a una instructora. La niña tomaba lecciones privadas y, además, tenía que practicar y ensayar en preparación para recitales.

Si la niña pensara, en algún momento, que sus horas de ejercicios de acordes, escalas y piezas de música le compensaban a la maestra, se equivocaría grandemente. La maestra estaba contenta con su pupila pero si la madre no le pagara, ella dejaría de dar las lecciones. Ese precio lo pagó la madre de forma completa.  La niña no pagó nada.

A la madre tampoco le interesaba que la niña intentara pagarle con dinero, ya que esta era demasiada pequeña para buscar un trabajo. En vez de compensación económica, lo que la madre quería era que su hija aprendiera a tocar un instrumento, aprendiera disciplina, pudiera tocar para el gusto propio y para el beneficio de los demás, y que se desarrollara como persona.

En esta parábola, la madre representa a Jesucristo, que paga todo el precio de nuestros pecados. Las lecciones y los ejercicios de piano representan los mandamientos. El guardar los mandamientos no nos salva en el sentido de pagar el precio, ya que no podemos pagarlo y Jesucristo ya lo pagó. Tal como los ejercicios y lecciones de piano preparan a la niña a desarrollarse como persona y para tocar en recitales o en grupos musicales, los mandamientos también nos desarrollan como personas; nos ayudan a ser más como Jesucristo y nos preparan para vivir en el Reino Celestial.

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La primera vez que escuché al Hno. Wilcox contar esta parábola, me ayudó mucho a entender bien estos conceptos de la gracia, la expiación de Jesucristo, y mi deber de guardar los mandamientos. Tiene mucho sentido. Jesucristo desea que yo me prepare para vivir en el Reino Celestial con Él y con nuestro Padre pero, si no quiero, no me va a obligar. Si ni siquiera quiero aprender a vivir según leyes celestiales ahora—según yo las entiendaes porque no quiero vivir así. Estas son las dos partes fundamentales de la experiencia terrenal por la que estamos pasando:

  1. recibir un cuerpo físico;
  2. decidir si queremos volver a la presencia de Dios y vivir en una sociedad celestial.

Parece sencillo, y lo es, pero lo sencillo y lo fácil no son necesariamente equivalentes. La guitarra es un instrumento bastante sencillo y, sin embargo, se necesitan años para aprender a tocarla bien. Es sencilla pero no es fácil. Tal vez la parte más difícil de mi salvación es que, gracias al Salvador Jesucristo, todo depende de mí. El Señor ya pagó el precio entero de mi salvación, así que, ahora me corresponde prepararme y vivir según la luz y conocimiento que tengo. No creo que nadie discuta al día final si no podré entrar en el Reino Celestial con mi familia. Se me quitará el velo de olvido y sabré que no puedo estar allá…porque el que no es capaz de obedecer la ley de un reino celestial, no puede soportar una gloria celestial (DyC 88:22).

Sería como la niña que tuvo las lecciones pagadas, desde hace años, con un piano en la sala de estar de su casa para ensayar a su gusto, sin que se prepare nada o casi nada. No podría culparle a nadie si no estuviera preparada para el concierto. Su madre le puede recordar, le puede preparar un horario de ensayo, la puede amenazar y dejar castigada—sin permiso para jugar con los amigos—si no hace sus ejercicios de música, hasta la puede obligar a sentarse enfrente del piano, pero no la puede obligar a tocar el teclado de una forma que la ayude a aprender. Eso es una decisión que solo la niña puede tomar. Si la niña no decide prepararse no querrá mostrarse la cara el día del concierto. Sabrá que no merece estar allá tocando con los otros músicos, no por falta de potencial ni oportunidad, sino por falta de iniciativa—por falta de realmente quererlo.

Lo que me da mucho ánimo y esperanza es que, cuando me caiga, cuando cometa errores, cuando cometa pecados, puedo estar seguro de que tendré otra oportunidad, si es que quiero otra oportunidad. Si la niña decide ensayar sus piezas, cometerá muchos errores antes de aprenderlas bien, de tocarlas sin partidura, e incluso sin errores. Cuando comete un error en el teclado, se detiene y vuelve a tocar esa parte de nuevo, y de nuevo, y de nuevo hasta tocarla bien.

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Es como las ordenanzas del sacerdocio. Si el hermano se equivoca en alguna palabra clave, no lo regañan ni lo mandan a sentarse para que otro hermano ocupe su lugar. Otro hermano lo corrige y se vuelve a repetir esa parte de la ordenanza. Con suficiente tiempo y experiencia los hermanos acaban memorizando las ordenanzas.

Tenemos que recordar que el Plan de Salvación se diseñó con el fin de salvarnos, no de condenarnos. El Pdte. Uchtdorf lo explicó de la manera siguiente:

No creo en un Dios que establecería reglas y mandamientos esperando sólo que fracasemos para así castigarnos; creo en un Padre Celestial que es amoroso y se preocupa por nosotros, y que se regocija ante nuestros esfuerzos por vivir con rectitud y acercarnos a Él. Incluso cuando tropezamos, nos anima a no desalentarnos —a nunca darnos por vencidos ni abandonar nuestras responsabilidades—sino a tener valor, ejercer la fe y seguir intentándolo.

Para encerrar, quisiera volver a los seis elementos, seis palabras, que se usan para describir el sacrificio que Jesucristo llevó a cabo para nuestra salvación eterna. Todos necesitamos el kafar para cubrir nuestras faltas, todos necesitamos la expiación para satisfacer las demandas de la justicia, a todos nos hace falta el katallagein que nos redime de la caída de Adán, todos queremos la reconciliación que nos ofrece Jesucristo y que nos hace posible volver a sentarnos en la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en la presencia del Dios Todopoderoso, todos queremos participar en el atonement para que podamos ser uno con el Padre Celestial y todos debemos estar agradecidos por el Sühnopfer que hizo Jesucristo al entregarse a sí mismo para salvarnos.

Ryan Boothe

Ryan Boothe

Ryan Boothe escribe artículos para Radio Kolob sobre una variedad de temas relacionados con el Evangelio Restaurado, desde las raíces de ciertas palabras del hebreo antiguo hasta las relaciones humanas que existen entre los santos de los últimos días.

El Hno. Boothe se mantiene bastante ocupado trabajando como consultor, conferencista y emprendedor--trabajo que lo lleva a varios lados de su país, Europa y América Latina.

Nacido bajo el convenio y criado en el Valle Central de California, el Hno. Boothe tuvo la gran bendición de hacer la misión en el sur de Chile, donde aprendió a hablar el castellano huaso. El Hno. Boothe actualmente vive con su familia en el Valle de Utah.
Ryan Boothe

Comentarios

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1 comentario

  • Marco Briceno dice:

    Extraordinaria la explicacion sobre la expiacion de Jesucristo, que el Senor le bendiga abundantemente por ese talento y el conocimiento de las Escrituras.

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