La invitación

come unto christ

 

La obra misional nos ha dado un testimonio


Una de las primeras verdades del evangelio que se aprenden al pasar por el proceso de conversión es que la obra misional es hermosa. No hay una sola historia en esta iglesia de conversos que esté ausente de milagros, ángeles, revelaciones y promesas. Cada discípulo verdadero de Cristo es bendecido con su propia y única experiencia en la que el poder de Dios se manifiesta. Nuestras vivencias y dones conforman un patrimonio invaluable al que le llamamos testimonio. Una herencia de la que miles se benefician a través de nuestra fe y dedicación imperfecta pero incondicional.

Aun cuando no entiendo cada punto de la doctrina, si hay algo que puedo asegurar es que el evangelio me ha levantado, me ha refinado y me ha permitido tener una continua comunicación con mi Creador. El gozo más grande de mi vida ha venido por haber aceptado la invitación de los siervos autorizados del Señor.

¿No vale la pena hablar de algo tan grande? ¡De algo tan determinante en nuestras vidas! ¿Por qué habríamos de pensar que es inapropiado enseñar lo que más nos ha transformado para bien?

Eso me hace pensar en el profeta Jeremías. Su generación no se había distinguido por ser obediente a los mandamientos. El trabajo del profeta era desgastante ya que la voluntad del Señor terminaba siendo contraria a lo que era socialmente aceptado. Me gusta mucho el capítulo veinte de Jeremías, porque parece que llegó un punto en el que Jeremías estaba molesto con el Señor. En el versículo 9 leemos: “Y dije: No me acordaré más de él ni hablaré más en su nombre; pero fue en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; me esforcé por contenerlo, pero no pude.” Cuando el testimonio que tenemos es tan grande que no podemos contra él, no podemos callarlo con nuestra indiferencia. Entonces, ¿Por qué habríamos de callarlo ante el mundo?

Ejecutores de la obra.


Curiosamente, aunque nos quede tan claro lo mucho que le debemos a la obra misional, al momento de compartirlo con otras personas parece haber ciertos desafíos. Quisiera hablar un poco de ellos y compartir algunos principios que nos pueden resultar útiles.

Algunas de las preguntas que yo personalmente me hice antes de partir a la misión eran: ¿Cómo puedo predicar sin parecer un vendedor de tiempos compartidos? ¿Cómo enseño el evangelio sin molestar a la gente? ¿Cuál es la diferencia entre compartir mis creencias e imponerlas? ¿Cómo les digo a las personas que su iglesia está mal y que la mía está bien?

Lo primero que debo decir es que gracias a que el Señor me ha dado la oportunidad de predicar el evangelio como misionero y ahora como miembro, he descubierto que la mayoría de estas preguntas en realidad estaban  mal planteadas, y que la obra misional es completamente distinta a lo que imaginaba.

Uno de los mejores recursos  que podemos encontrar sobre cómo hacer la obra del Señor es Predicad mi Evangelio. Ese manual inspirado concentra las doctrinas y principios que los profetas en todas las dispensaciones han utilizado para compartir este mensaje. En él aprendemos que Dios tiene una verdad y tiene una forma de enseñarla, y los apóstoles y profetas modernos la explican en ese manual.

Predicad mi evangelio es el manual que se utiliza para aprender a compartir el evangelio por los misioneros de la iglesia.

Predicad mi evangelio es el manual que se utiliza para aprender a compartir el evangelio por los misioneros de la iglesia.

1. Invitar a las personas a venir a Cristo.

Muchos de ustedes seguramente ya tienen un testimonio sobre el poder de PME,  pero no está de más hacer un repaso. ¿Qué enseña Predicad mi evangelio? El propósito de hacer la obra. Todo el manual es la aplicación del objetivo misional que los misioneros y misioneras repiten constantemente y que los guía en todo lo que hacen. Éste es:

Invitar a las personas a venir a Cristo al ayudarlas a que reciban el Evangelio restaurado mediante la fe en Jesucristo y Su expiación, el arrepentimiento, el bautismo, la recepción del don del Espíritu Santo y el perseverar hasta el fin.

La frase “invitar a las personas a venir a Cristo” encierra un fuerte significado. Esta máxima no se la inventó el Presidente Hinckley cuando se hizo PME, sino que fue tomada de las escrituras:

Por ejemplo, en Mateo 11:28-29 el Salvador enseña:

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.

Al predicar hacemos eco del llamado que Cristo hizo de acudir a él para que nos sane, nos enseñe, nos descanse, y nos salve. Esta invitación también incluye una oferta de trabajar como colaboradores de su gran proyecto. Nada de esto tiene que ver con vender tiempos compartidos. Para empezar, el vendedor busca convencer a la persona de que consuma su producto para ganar una comisión. El evangelio no es un producto, el evangelio es encontrarte con tu Salvador, es una oportunidad maravillosa de redescubrir tu potencial que no requiere de pago  ni retribución. Además, en realidad no vendemos salvación, porque no la tenemos. Nosotros la hemos recibido como un acto de misericordia y hacemos una invitación a los demás para que si lo desean, la reciban también del único que la puede dar, y que de hecho, la ofrece de corazón. El objetivo no dice “Invitarlos a conocer sobre la iglesia”, ni “invitarlos a entender porque no tomamos café” el objetivo es claro, nuestra invitación es la de acercarse a CRISTO.

2. Invitar a las personas a venir a Cristo.

Hay mucho más que podemos encontrar en la frase “Invitar a las personas a venir a Cristo”. La encomienda no es que “enseñemos” solamente, o que demos sermones a la gente. Se requiere de extender una invitación. Las verdades eternas son transformadoras y no sólo informativas. Si observamos la manera de enseñar de Cristo, vamos a encontrar que en todas sus enseñanzas hay exhortaciones directas a hacer algo. Él no sólo respondía preguntas, sino que sus respuestas ofrecían un camino más excelente de vivir.

Es más probable que tengamos éxito al predicar si nos enfocamos en las cosas que se deben hacer que en explicar la ruta que tomó Lehi para cruzar el mar. Cuando tenemos las agallas de responder a las dudas que se hacen sobre nuestras costumbres y tradiciones con principios como la oración, la lectura de las escrituras y el arrepentimiento sincero, el espíritu puede testificar con fuerza al corazón de esa persona. Vean como Moroni usa esta doctrina al sellar el Libro de Mormón:

“Sí, venid a Cristo, y perfeccionaos en él, y absteneos de toda impiedad, y si os abstenéis de toda impiedad, y amáis a Dios con toda vuestra alma, mente y fuerza, entonces su gracia os es suficiente, para que por su gracia seáis perfectos en Cristo; y si por la gracia de Dios sois perfectos en Cristo, de ningún modo podréis negar el poder de Dios.”

Noten cómo Moroni en lugar de tratar de explicar el poder de la expiación por medio de la razón nos hace una invitación para que la probemos por nosotros mismos. Es más sencillo porque entonces Cristo mismo a través del Maestro Supremo nos lo puede explicar. Lo mismo hace en la famosa invitación para conocer la veracidad del Libro de Mormón en ese mismo capítulo, y muchos hemos aprendido nuestras lecciones más importantes de la doctrina por hacerle caso Moroni 10:3-4. En realidad al enseñar sobre la restauración los misioneros no hacen una tabla comparativa entre iglesias y tratan de convencer a las personas que la iglesia mormona es mejor, sino que con amor y respeto la invitan a conocer un mensaje que el Único Dios viviente tiene para ellas. Toda la discusión en realidad deberá ser entre Dios y el investigador sincero. Qué poder.

Obviamente invitar a las personas a cambiar puede ser incómodo, pues sugiere que no estarían haciendo las cosas bien. Pero no lo hacemos porque juzguemos que la gente que nos rodea sea mala o inferior, lo hacemos porque reconocemos que la fuente de la Salvación puede elevar a cualquiera hacia la perfección, sin importar su intelecto o estilo de vida. Si aceptamos sugerencias para ganar más dinero, para obtener un mejor empleo, para estar más sanos, ¿Por qué pensar que no la vamos a aceptar para ser más felices y santos?

3. Invitar a las personas a venir a Cristo.

Ahora, cuando Jesús dice “venid a mí” la frase se entiende muy claramente, se trata de que vayamos a dónde está él. Pero cuando lo dice Moroni, hay algo extraño en ese verbo. Y no sólo él, Nefi, por ejemplo en 1 nefi 6 él dice “Porque toda mi intención es persuadir a los hombres a que vengan al Dios de Abraham, y al Dios de Isaac, y al Dios de Jacob, y sean salvos[1]. Es exactamente el mismo objetivo que los misioneros actuales; su hermano Jacob dice algo similar en el primer capítulo de Jacob: “Por lo que trabajamos diligentemente entre los de nuestro pueblo, a fin de persuadirlos a venir a Cristo, y a participar de la bondad de Dios…”[2]

Nefi y Jacob usan el verbo venir cuando aparentemente lo correcto sería “ir a Cristo”. Existe un gran significado sobre el cómo se hace la obra de salvación dentro de esto. La invitación que hacemos no es “ve a Cristo” sino “ven a Cristo, síguelo a él y camina conmigo que también lo estoy siguiendo”. El compartir el evangelio nos compromete a ser congruentes con el mensaje.

La invitación hoy en día.


Hace poco conocí a un par de mujeres defensoras de los derechos humanos que viajaron a Washington D. C. para compartir el éxito que han tenido al ofrecerle a madres solteras necesitadas alternativas distintas al aborto. Ellas tenías una postura muy fuerte de respetar al máximo el derecho a la vida de los pequeños dentro del vientre de sus madres. Sinceramente me impresionó escuchar una postura así fuera de la iglesia. La plática se volvió muy personal, y una de las cosas que no se me van a olvidar jamás, fue que una de ellas me dijo “Tenemos una oportunidad muy grande de defender la verdad. Si vives congruente a tus creencias, puedes cambiar la vida de muchas personas. El mundo necesita de gente que no tenga miedo de defender la verdad.”

Puedo dar testimonio que sus palabras fueron para mí una respuesta de Dios a mis oraciones. Para mí sonaron cómo una clara amonestación de Dios. El mundo necesita defensores y proclamadores de la verdad. No es casualidad que el Elder Nelson en la Liahona del mes de agosto enseñe:

Ya pasó la época en que se podía ser un cristiano pasivo y descansado; la religión de ustedes no es sólo ir a la Iglesia los domingos, sino ser un verdadero discípulo desde el domingo por la mañana hasta el sábado por la noche, ¡veinticuatro horas al día, todos los días de la semana! No hay tal cosa como un discípulo de tiempo parcial del Señor Jesucristo.[3]

Hoy más que nunca, siento el deseo de ser como Pablo, el misionero que clamaba “Porque no me avergüenzo del evangelio de Cristo; porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente y también al griego. [4]

Ruego que podamos extender esta invitación a todos. Que la podamos extender con el valor y la convicción que nuestro discipulado requiere. Este mensaje que ha sido pronunciado por los ángeles, que ha descendido del cielo, y que es el único que nos puede devolver a las mansiones celestes. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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[1] 1 Nefi 6:4

[2] Jacob 1:7

[3]Elder Russell M. Nelson.  Los discípulos y la defensa del matrimonio. Liahona agosto, 2015.

[4] Romanos 1:16

Javier Contreras

Javier Contreras

Soy un joven abogado mexicano, casado, miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días desde los nueve años. Serví como misionero de tiempo completo en la misión México Monterrey Este y por cuatro años tuve la oportunidad de ser maestro del seminario de religión en Guadalajara, México, dónde actualmente resido.
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