Dar y recibir un Testimonio.

Enseñar y aprender son dos acciones totalmente distintas pero complementarias al fin. Alguien podría pensar que son verbos opuestos que le corresponden la primera al maestro y la segunda al alumno. Estoy en desacuerdo grandemente con ello puesto que todos somos maestros y alumnos en la vida. He aprendido de hecho, que enseñar y aprender comparten muchas cosas en común; quiero hacer notar una que me parece crucial: aprender y enseñar son mandamientos del señor.

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ENSEÑAR POR EL ESPÍRITU

El Señor nos ha comisionado como maestros a nuestro prójimo. Ha delegado el sagrado llamamiento de la enseñanza a cada uno de sus hijos. Él mismo lo declaró en los inicios de esta dispensación cuando dijo:

“Y os mando que os enseñéis el uno al otro la doctrina del reino.

Enseñaos diligentemente, y mi gracia os acompañará, para que seáis más perfectamente instruidos en teoría, en principio, en doctrina, en la ley del evangelio, en todas las cosas que pertenecen al reino de Dios, que os conviene comprender;”[1]

 

APRENDER POR LA FE

Además, Él nos ha pedido que no sólo seamos maestros persistentes, sino que seamos alumnos ejemplares, listos para recibir la sana doctrina. En la misma sección Él declara:

“Y por cuanto no todos tienen fe, buscad diligentemente y enseñaos el uno al otro palabras de sabiduría; sí, buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe.”[2]

 

MAESTROS Y ALUMNOS

Cada domingo podemos vivir esta dualidad de dar y recibir instrucción. Tenemos vastísimas oportunidades de vivir el modelo inspirado de instrucción de la iglesia. Algunas son muy dinámicas como las conferencias FSY, y otras requieren mucha concentración y sensibilidad espiritual como las ordenanzas de los templos, sin embargo, hay un evento mensual que me llama poderosamente la atención y que involucra el cumplimiento a estos dos mandamientos de una manera muy íntima. La reunión de testimonios.

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Cada primer domingo del mes, los miembros de la iglesia venimos en ayuno a participar  de una reunión sacramental similar a la que estamos celebrando hoy, con la diferencia de que en lugar de discursantes, se le permite a los miembros de la iglesia pasar, según su deseo, a testificar a sus hermanos sobre las verdades del evangelio. Son reuniones donde podemos disfrutar de la renovadora experiencia de compartir nuestras convicciones más profundas entre hermanos, es un dar y un recibir tanto en el púlpito como entre la congregación.
Creo que hay dos cosas muy diferentes (y que suceden simultáneamente) en cada una de estas reuniones: una es el escuchar los testimonios y otra muy diferente, compartir nuestro testimonio.

 

ESCUCHAR PARA APRENDER.

¡Escuchar los testimonios es algo fantástico! Las maravillas del Señor son declaradas por los eruditos y los neófitos, los viejos y los jóvenes. Aunque el propósito de la reunión es específicamente escuchar los testimonios y compartir el propio, algunos además comparten experiencias, dan gracias  y nos dan reflexiones claras y actuales de la doctrina según sus vivencias.

¿Me aceptarían un consejo? Escuchen detenidamente cada testimonio, y piensen en lo que dicen. Si cuentan historias, ¡disfrútenlas! y en silencio den glorias a Dios y rebosen sus corazones de gratitud por sus milagros, recapaciten en lo que ha forjado su testimonio; Cada vez que digan los hermanos “sé que Cristo vive” que sea una oportunidad de que comprendamos a través de la meditación y de esta gran revelación  colectiva de 40 minutos, el misterio y milagro de la expiación. Recuerden que en ese momento ustedes no son espectadores pasivos, sino que están escuchando activamente, después de todo, si no están concentrados en recibir esa revelación, ¿Cómo podrán cumplir con el mandato de aprender por medio de la fe?

 

Es edificante escuchar lo que cada uno tiene que decir, ya sea que se trate de una disertación doctrinal, una anécdota impactante, una reflexión personal, o una breve biografía. Sería un grave error (un muy grave error) el no prestar atención a las palabras de cada uno de nuestros hermanos, sólo porque lo que digan en ese tiempo que se les concede no sea exactamente lo que se considera un testimonio.
Las veces que el pecho me ha ardido más fuertemente por el gozo del espíritu ha sido cuando pongo en práctica este consejo.

 

Así escuchamos en las reuniones de testimonios. Así las debemos disfrutar, no importa si no van de acuerdo al guion oficial, o si algunos se salen del papel que les corresponde. Recuerden que el mandamiento       no es juzgar o criticar lo enseñado, sino aprender, aprender, aprender.

 

TESTIFICAR PARA ENSEÑAR

Compartir nuestro Testimonio, por el otro lado, tiene que ver más con el mandamiento de enseñar. Para ser claros, me gustaría definir claramente que es un testimonio. Predicad mi evangelio lo define como “una atestiguación espiritual y la certeza que da el Espíritu Santo” (PME capítulo 9). Es una experiencia sagrada que tenemos de poder declarar, como embajadores  del cielo, que Dios El Padre es el gobernante soberano y el Todopoderoso, que Jesús, el Nazareno es el Hijo de Dios, Redentor del género humano. Que ese Dios estableció su iglesia, dictó sus escrituras y llamó a sus profetas; que nosotros le hemos recibido, que amamos el evangelio y que el Espíritu Santo nos ha hablado en lengua de ángeles.
En las reuniones de testimonio y en todo lugar donde se requiera de que testifiquemos, no importa lo que los demás hagan, nosotros debemos testificar.

 

¿Y cómo se hace eso? Aunque para dar un testimonio no hay una minuta obligatoria ni un tiempo límite, quisiera decirles que muy rara vez, pero muy rara vez, uno pudiera necesitar  más de dos minutos para poder hacer una declaración de este tipo. Esto porque las certezas que da el espíritu tienen que ver con verdades concretas, universales, y claras que llenan de sentido nuestra vida.

Imagina que tienes una casa hermosa y se acerca la gente a decirte “Quisiéramos que esa persona que construyó tu casa construyera la nuestra. ¡Dinos! ¿Quién es tu arquitecto?”  Entonces lo correcto sería proporcionarle simplemente el nombre del arquitecto; en dónde lo pueden encontrar, a lo mejor proporcionar algún teléfono, pero no necesitas decir todo lo demás. No necesitan saber dónde nació el arquitecto, o contarle la chistosa anécdota de cómo lo conociste en una fiesta antes de que se graduaran, o de que raza es su perro. Esa información que dieras, podría ser verdadera, pero no útil para la ocasión.

 

Imagina por otro lado que eres el testigo de dos personas que se casan, y que estas pierden sus documentos y no se encuentran tampoco en el registro (yo sé que es un caso muy ridículo, pero es sólo explicativo). Al estar frente al juez para aclarar ese asunto lo único que tienes que decir es “si, se casaron y lo hicieron ante un oficial, tal día de tal año. Cualquier otra explicación y detalles sobre tu amistad con los cónyuges no servirían de mucho. En esta situación específica lo que te pasó este fin de semana, por más interesante que sea, no aportaría nada… No es que no sea importante, pero en ese momento se te ha llamado a ese juzgado para testificar…

 

El Élder Russell M Ballard dice:

“La experiencia que he tenido por toda la iglesia me lleva a preocuparme de que demasiados testimonies de nuestros miembros se basan en decir “estoy agradecido” y “amo a”, y que muy pocos son capaces de decir con humilde claridad: “Yo sé”. Como resultado de eso, nuestras reuniones carecen del fundamento espiritual rico en testimonio que conmueva el alma y que surte un impacto significativo y positivo en la vida de las personas que los escuchen.”

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EL TESTIMONIO ES PODER

Para terminar, quiero atreverme a poner como ejemplo a un hermano que tuvo serios problemas para aprender a testificar. Aunque aseguraba que sabía lo que era un testimonio y hasta conocía la definición, no parecía entenderlo en realidad. Ese hermano soy yo.

 

El hermano Contreras hablaba y hablaba pero no testificaba… El señor a través de buenos líderes y algunas experiencias personales, le enseñaron que por repetitivo que sonara, el Señor esperaba de él una “atestiguación espiritual” concreta y no una novela. Llegó el momento en el que la revelación llegó y se le presentó como un balde de agua fría:
Si te jactas de tener un testimonio, pero no puedes tener el valor de decir claramente y sin rodeos que sabes que Dios vive y que sabes en tu alma que has conocido a sus profetas y reconocido la voz de amonestación en ellos; si no puedes decir de forma sencilla y honesta que el espíritu te dio un testimonio de esta obra y necesitas presentarte argumentos y adornarte de detalles, ten cuidado, es momento de reflexión. La verdad se defiende por sí misma en su perfecta sencillez.
Probablemente si tienes ese testimonio, pero eso que estás diciendo no lo es. Probablemente si lo tienes, pero te has avergonzado de tal. Pablo enseñó: Porque no me avergüenzo del evangelio de Cristo; porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree;[3]

El testimonio es poder. Alma lo sabía, por eso dejó el Asiento Judicial y fue a testificar a su pueblo. Alma 4:19 dice

E hizo esto para poder salir él mismo entre los de su pueblo, o sea, entre el pueblo de Nefi, a fin de predicarles la palabra de Dios para despertar en ellos el recuerdo de sus deberes, y para abatir, por medio de la palabra de Dios, todo el orgullo y las artimañas, y todas las contenciones que había entre su pueblo, porque no vio otra manera de rescatarlos sino con la fuerza de un testimonio puro en contra de ellos.

Hermano Contreras, es tan sencillo como arrepentirse. Sólo déjate llevar por el espíritu de la verdad. Y deja a un lado tu saber y tu palabrería, que sólo le estorban al espíritu. El señor te pide que declares la verdad con firmeza, recuerda que la gloria Celestial está reservada sólo para aquellos que sean valientes en el testimonio de Jesús.

Dios Vive, Cristo es el Salvador. El llama a sus profetas, y yo los escucho. Amo sus escrituras, pues son sus palabras. Amo su iglesia, y sus templos, creo en el don de la vida eterna, y lucho por tal, pues el Señor me lo ha prometido.  En el nombre de Jesucristo Amén.

[1] D. y C. 88: 77-78

[2] Versículo 118

[3] Romanos 1:16

Javier Contreras

Javier Contreras

Soy un joven abogado mexicano, casado, miembro de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días desde los nueve años. Serví como misionero de tiempo completo en la misión México Monterrey Este y por cuatro años tuve la oportunidad de ser maestro del seminario de religión en Guadalajara, México, dónde actualmente resido.
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